México

Tres leyendas morelianas para no conciliar el sueño; historias emblemáticas de la antigua Valladolid que no dejan de sorprender a las nuevas generaciones.

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Francisco Castellanos J.

MORELIA, MICH, septiembre 25.– Unas 70 personas están sentadas sobre los escalones que dan paso a la entrada del templo de San José. Se trata de turistas provenientes de la Ciudad de México, Mexicali, Guerrero, Ciudad Juárez, Querétaro y Tijuana. 

Son tres las generaciones de quienes escuchan a un hombre joven hablarles sobre leyendas acontecidas frente a esa iglesia, un lugar que hace algunos años, bastantes, era un cementerio, por lo que seguramente sus almas aún flotan entre los árboles y las bancas de la iglesia.

Arturo y la mujer suicida

Todo empieza a las diez de la noche a un costado de Catedral, donde la gente aborda los tranvías que ofrecen recorrer el Centro Histórico y contar historias que van de lo fantástico a lo terrorífico.

Luego de un breve paseo por la calles Madero, Álvaro Obregón, 20 de Noviembre y Belisario Domínguez, estamos frente a ese hombre, quien advierte que una leyenda tiene la misma función que los refranes, los cuentos o las fábulas: no sólo se trata de dejar una enseñanza, sino recordar cómo vivía la gente en otras épocas.

La historia que cuenta data de 1827, cuando Morelia aún se llamaba Valladolid y ese cementerio de San José no se daba abasto, ya que había epidemias de viruela y cólera.

Recién pasado el proceso de Independencia, el país estaba en plena reconstrucción y sus habitantes sufrían de pobreza. Sin embargo, a un tal Arturo de Salceda la suerte le pintaba bien: era buen jugador de cartas, tenía muchos amigos, pintaba rostro de galán y por consecuencia el pegue con las mujeres era garantizado. Pero como todo ser humano, sus virtudes entraban en la frontera de los defectos. Don Arturo era apostador, borracho, mujeriego, y para colmo de males, sus negocios ya no estaban en números verdes.

“Cuando el dinero se va, los amigos también se van”, nos advierte el guía turístico, quien ya ha soltado varias bromas para hacer más entretenido el relato. Continúa con la leyenda: Arturo acude a una cantina de bajo perfil ubicada donde ahora está el Hotel Casino y gasta las pocas monedas de su bolsillo en cervezas. De pronto, se encuentra con varios conocidos que le regalan cinco reales de oro para que los gaste en lo que quiera. Pensativo, el protagonista de esta historia regresa a los rumbos de San José y para su sorpresa ve a una mujer en las alturas del templo. 

La dama llora, parece desesperada, amenaza con quitarse la vida. Envalentonado y un poco borracho, Arturo sube al campanario y le pide a la mujer que no se suicide, la convence y encima de todo le regala las cinco monedas de oro.

Los turistas están atentos, lo mismo los niños que los abuelos observan con atención al guía que ya les tiene listo el tramo final de esa leyenda. 

Arturo le dice a la mujer triste que gaste los reales en comprar un vestido nuevo, o en lo que ella más quiera. Sin embargo, la tragedia llegará unos días después cuando la pequeña Valladolid se entere que finalmente esa mujer sí se arrojó de la torre en el templo de San José. ¿Por qué lo hizo? ¿Tuvo algo que ver Arturo? El desenlace será sorpresivo y aleccionador.

La leyenda de Eugenia

El tranvía vuelve a encenderse y ahora nos lleva hasta la Plaza Valladolid, donde se fundó la ciudad un 18 de mayo de 1541. A un costado del templo de San Francisco tres hombres en situación de calle se preparan para dormir, pero el grupo de turistas habrán de quitarles sus intenciones por algunos minutos. 

El segundo guía nos cuenta la leyenda protagonizada por María Villaseñor y su hija Eugenia, dos mujeres que se han quedado solas ante la muerte del padre en la ciudad de Nueva Galicia, hoy conocida como Guadalajara. Por tanto, se trazan el objetivo de conseguir a un nuevo hombre acaudalado que se enamore de la chica y saque a ambas de la pobreza, pues el difunto solo les heredó deudas. 

Una tarde, ambas reciben la invitación para acudir a un gran baile de gala en la Nueva Valladolid, lo que representa una gran oportunidad para encontrar pareja. María decide vender las últimas joyas que le quedaban para contratar los servicios de un cochero, quien habrá de trasladar a ambas hasta aquella ciudad de cantera y hospedarse en el actual hotel de La Soledad.

Si todo sale bien, Eugenia conocerá a un joven de alcurnia que le propondrá matrimonio. Con ese plan que no puede salir mal, la madre le dice al cochero que regrese por ella tres días después –si tenemos suerte, mi hija se quedará a vivir en Valladolid- pero éste aprovecha el viaje para buscar nuevos pasajeros y obtener un poco de más dinero; se trataba de un hombre ambicioso, como casi todos los hombres.

Cuando está por regresar a la hoy Morelia, el chofer tiene un encuentro inesperado: conoce a una extraña mujer vestida de blanco y sin ojos, “solo con dos enormes cavidades oculares vacías y sangrantes”, nos relata el guía, con un tono grave en su voz, como advirtiendo que lo peor está por contarse. 

¿Habrá tenido éxito Eugenia? ¿Por qué es tan parecida a esa mujer sin ojos? ¿Por qué porta lo que parece un anillo de compromiso? El final de la leyenda, en efecto, resultará perturbador.

Las ventanas del sótano

La última parada será en la Calzada Fray Antonio de San Miguel, justo donde hoy se encuentra el Centro Cultural UNAM. Estamos por conocer una historia de tintes trágicos, donde una familia podría autodestruirse. Y qué mejor escenario que ese corredor rodeado por árboles y faros, donde el misterio es una escenografía natural.

En voz de una narradora, sabremos que don Juan Núñez de Castro era un acaudalado hombre español que pintaba para ser feliz, pero la desgracia le llega cuando su esposa fallece en el momento de dar a luz a una niña que llevará el nombre de Leonor. 

Para buscarle una figura materna, Juan se compromete con una mujer llamada Margarita, solo que con el tiempo no se llevarán bien: Margarita hace un mal uso del patrimonio familiar, con una vida social despreocupada.

Bajo ese clima adverso, el hombre hará un testamento en vida para heredar sus bienes a su única hija, dejando a su pareja sin nada. Cuando la mujer descubre qué ocurre, hará lo imposible por torturar psicológicamente a Leonor, al punto de arrastrarla a la locura y confinarla a los sótanos de esa casona donde hoy se ubica el referido centro cultural.

¿Será por eso que las ventanas que casi pegan con la banqueta tienen un halo de misterio? ¿Por qué razón los trabajadores de ese lugar escuchan ruidos extraños? ¿Leonor terminó sus días como una limosnera que sacaba la mano por los balcones del sótano para pedir un poco de pan?

El recorrido de leyendas ha sido exitoso, los turistas regresan satisfechos a la altura de Catedral y varios de ellos ya planean ir a Pátzcuaro al día siguiente. Y es que, aunque parezca lugar común, los rincones de Michoacán enamoran, y si le agregamos una que otra leyenda, todos terminarán cautivados.

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